
Comenta el músico Guillermo Lamolle después del toque del viernes pasado con Celia Eymann en El Mojo:
Anoche hicimos una actuación muy, muy linda. En un lugar chico, sin micrófonos ni cables. No hay con qué darle, cuando se puede (y el tipo de música lo permite), es la mejor manera.
Por un sencillo motivo: se toca y se canta mejor.
Las casas comunes, donde vive gente pero también se hacen, cada tanto, espectáculos de música (y a veces otras disciplinas), vienen salvando un poco la continuidad de un arte que podríamos llamar «de cercanía». Antes había salas chicas y se tocaba sin amplificar, pero no una función sino un ciclo, y terminaba yendo mucha gente; pero por distintos motivos esa costumbre y esas salas fueron desapareciendo.
La amplificación es una gran cosa para lugares grandes. Pero algo se pierde por el camino; capaz que algo se gana también, pero no es cuestión de sustituir una por la otra. Y la ausencia de músicas en vivo absolutamente no amplificadas va educando una oreja en el público que «necesita» volumen, parlantes, para creer; como si lo acústico fuera «de cumpleaños».
Adrede, no entraré en la discusión sobre si ese cambio fue fortuito o dirigido. Pero resulta que la música, desde su origen
(no sé cuánto tiempo atrás, pero al menos decenas de miles de años) hasta anteayer se hizo sin amplificarse ni grabarse.
Tan malo no puede ser. Así que habrá que seguir haciendo estas cosas, solo por llevar la contra. Y cuando haya que amplificar, hacerlo lo necesario para que se oiga, no para que alguien piense «qué
buenos son estos, qué equipos tienen». Repito: no es aplicable a todas las músicas. A la que hacemos algunos, sí.
